Relato: Cartas marcadas con versos

Leyendo el relato de mi amigo Mario M. Pérez me surge la idea de hacéroslo llegar a través de mi blog.

Los juegos de naipes actúan como un cuento de hadas, el participante vive un conflicto imaginario, empleando la razón y el azar lucha por solucionarlo la situación no entraña peligro y si un reconocimiento hogareño.

Cuando de mayor vuelves a jugar recuperas una abstracción, y aparece la carta de la muerte y la doncella.

El padre escribía versos en las cartas, los hijos leían volubles variaciones, cautivadoras o crueles, al diez de espadas le decían “le necesitamos en el estudio de los metales quemando como una daga enroscada de acero” el óxido retumbaba. Un once de bastos cabalga sumido en pensamientos propios de un herrero y el rey de copas ¿Por qué este caduco abrigo y esa pesada corona?

”El Comodín relata hazañas ridículas”. Y (con ello puntualiza que la falsedad es una autodefensa permanente) jugar a la brisca es merendar leche con galletas con el cinco de oros cerrado en tu puño derecho, rodeado de encendidas luciérnagas que de cerca son muy feas, un As de cerezas, un dos con dulces fresas, una asistenta con tacones de charol, armados caballeros, solitarias princesas. Con el mazo, por detrás todas las cartas lucen los mismos motivos, su diseño parece el empapelado de la habitación de invitados de familiares aburridos.

Al girar esta imagen estereotipada y colocarla en forma de abanico vemos que hay cartas marcadas con versos y caramelos en los bolsillos de la camisa del tahúr, con un siete de picas te preguntaba en una ensoñación: “¿Qué clase de huevos de huevos incuban las gallinas en nidos de humo?”

La mesita de noche es un buen lugar para esconder una baraja española de cartas no catalogadas, con letra pequeña junto a una mariposa recita; “en la rambla de los tilos no hay ardor más turbador que el de los besos y las caricias furtivas”. En la carta de un durmiente bajo un fresno una hormiga se desliza por tu rostro transportando a horas felices que parecían olvidadas, en otra escena un oso atareado bebe la miel de un panal en una moraleja del gozo de comer y la tristeza del buen yantar: “los melocotones tienen sabor a melancolía” en cada mano de la partida tenías la sensación de estar ante una filosofía remota, dispensada el fragmentos.

Os Invito a reflexionar sobre este cuento de cartas marcadas. Me podéis escribir para darme vuestra opinion.

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